Lily Potter y el trabajo inconcluso


Capitulo Primero: LA NIÑA SIN VARITA
Mayo 7, 2008, 12:57 am
Archivado en: Capítulos | Etiquetas: , , ,
La antigua tienda del señor Ollivander se encontraba cerrada, pero no por vacaciones o motivos menores, se encontraba cerrada como no lo hacia desde veintiún años. Y aunque ya todo el mundo esperaba el cierre de la tienda varios meses atrás, se debe admitir la sorpresa general de finalmente ver colgar el rótulo en la puerta de la legendaria tienda.

“Cerrada,
Ollivander.”
Sin embargo la verdadera tristeza por la ausencia de la tienda de varitas no llego sino hasta los finales del verano, cuando cientos de niños llegaban corriendo hasta el ventanal de la puerta, arrastrando a sus padres, con la esperanza de encontrar la varita que los harían resaltar como estudiantes en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Docenas de niños lloraban desconsolados frente al ventanal de la tienda, en el cual se leía pintado con letras doradas: Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C., detrás del cual se podía ver la casi perfecta confección de sus varitas, últimas del Maestro inglés, en una muestra que se encontraba sobre el polvoriento cojín color púrpura.

El señor Ollivander se encontraba delicado de salud desde que fue torturado por El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado y sus secuaces, y desde entonces frecuentaban los rótulos de “Cerrado por motivos de salud”, o “Regreso e próximo verano”, pero era muy pocos los casos cuando el señor Ollivander tuvo que cerrar su tienda durante el periodo de entrada a clases. Cuando esto sucedía los estudiantes se presentaban al curso con la varita de algún familiar con la intención de regresar durante las vacaciones de fin de año a por una propia. Pero el rótulo que esta vez colgaba de un clavo puesto con tristeza no era el característico cartel del Hacedor de varitas, el cual era reconfortante, como si dijera “todo estará bien, ya regresaré”, sino el austero y frio cartel que llevaba la invisible firma de los Sanadores del Hospital San Mungo.

La noche anterior había llegado el último cliente a la tienda de Ollivander, una niña que estaba por comenzar su primer año en el colegio, y durante horas buscaron la varita correcta para ella pero parecía que ninguna de las varitas que ya el viejo tenía hechas quería escogerla, lo cual era muy raro, así que el Maestro le prometió que para el día siguiente le tendría la varita lista, una varita hecha justo para ella.

Ollivander se encontraba extasiado con el nuevo reto: una niña sin varita. Cosas como esa solo le habían pasado en dos ocasiones, y los dos dueños de las varitas hechas a la medida resultaron ser excepcionales Magos. Durante el resto de la noche el señor Ollivander no hizo más que buscar la madera correcta y el núcleo indicado para la excepcional varita, pensar en lo que había sentido al contacto con la niña, sentir a través de las varitas que la niña probo los sentimientos que transmitía, hurgar en todos los cajones por el antiguo manual, que aunque se lo había aprendido de memoria, servía para tener los manuscritos originales de los maestros del maestro del señor Ollivander. Los dueños de las tiendas vecinas decían haberlo visto realmente feliz, corriendo de un lado para otro en el interior de la tienda a altas horas de la noche. Sin embargo para el señor Ollivander la noche nunca acabo.

Se encontraba buscando un trozo de madera de fresno, obscura y elástica, que al fin había decidido sería la correcta para el caso particular, cuando ocurrió.

Subido en su escalera de doce peldaños buscaba el trozo de fresno rastreando con la mano sobre el armario, con la que alcanzo una vieja varita, tan vieja que no podía recordar cuando la había hecho, “Quizás uno de mis primeros trabajos”- pensó, pero esta reaccionó ante el toque de su creador lanzando un chorro de chispas blancas y rojas que el señor Ollivander siguió con la mirada hasta que salieron por la ventana, pero una vez que se perdieron de vista Ollivander seguía allí, con la mirada aparentemente perdida, mirando a la ventana.

La Luna se alzaba con majestuosidad sobre el callejón Diagon, en el centro de Londres, simbolizando la libertad sobre las cabezas de magos variopintos y ebrios de felicidad o lidiando con sus cotidianos problemas, en una nueva época en la que era seguro, y de lo más normal, salir de noche, libres de preocupaciones, sin nada que pudiera echar a perder el mañana propio más que uno mismo, o así era para casi todos.

La Luna, llena en su totalidad con su característico brillo fantasmagórico, entre nubes de un color gris, nubes tersas y frías, le traía recuerdos al señor Ollivander, pero no recuerdos simbolizando libertad, sino todo lo contrario, le traía recuerdos de un frio sótano, símbolo de la más rigurosa tortura. Y ahí, sobre su escalera de doce peldaños, Ollivander se desmayo.

“¡¿DONDE ESTA?!” grito una seseante voz.
“¡Ya le dije lo que sabía!” respondió Ollivander como un ruego. “¡Se lo juro! ¡Es todo lo que sabia!”
“¡Hm!” dijo Lord Voldemort. “Ya veremos, ¡Fenrir!, todo tuyo.” El pobre de Ollivander vio una sombra proyectarse contra el pasillo que subía a la sala de los Malfoy, una sombra de un hombre con los brazos encadenados a un poste de madera que flotaba sobre el y un Mortífago enmascarado entro asustado al cuarto con la varita apuntando escaleras arriba, donde la sombra rugía ferozmente. “Ya veremos”, repitió Voldemort detrás de una risa y Desapareció.
“¡Vaya suerte la tuya amigo!” dijo con sarcasmo el Mortífago bajo la máscara, mientras el Licántropo, pues eso era la sombra que Ollivander pensó era tan solo un hombre, entraba. El Mortífago dijo: “Primero el Señor Tenebroso y ahora Greyback, yo que tú empezaría recordar ahora mismo”, hizo un movimiento con su varita y dijo “¡Relashio!” y Desapareció detrás de su Amo. Las cadenas que ataban al Hombre-Lobo cayeron, la puerta se cerró.
Una delgada línea azul brillante marco un cuadro cerca de la pared y la luz de la Luna apareció a través de una trampilla azul en el techo, Greyback aulló como si la luz le quemara el rostro, y sus ojos encontraron los de Ollivander, quien soltó un grito ahogado.

Finalmente el viejo señor Ollivander, último de su progenie, cayó.


Aún no hay comentarios por mucho
Deja un comentario



Deja un comentario
Línea y párrafo se rompe automáticamente, direcciones email nunca se muestran, permitido: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>