Capitulo Segundo: LA LLEGADA
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La estación de King’s Cross se encontraba un poco más vacía que de costumbre, probablemente debido a la incesante lluvia que parecía que no dejaría de caer nunca, cuando llego una joven familia: un Mago de lentes redondos, su pelirroja esposa y sus tres hijos, cada uno de los cuales cargaba a cargo con el carrito de sus propias pertenencias, como era costumbre. Hubiese sido el retrato de la familia ideal: los esposos abrazados, con el amor en sus miradas y los niños sonrientes rodeándoles con sus siluetas cortándose contra el túnel de luz que se formaba desde la puerta por la que acababan de entrar mientras la gente caminaba a sus alrededor sin siquiera volverlos a ver, pero a esta imagen tenia un imperfecto, la menor de los hermanos: sollozaba luego de tanto llorar.
Se estaba secando la nariz cuando sus hermanos empezaron a andar a través del muro que separa los andenes nueve y diez, hacia el andén nueve tres cuartos cuando su mamá la llamó:
“¡Lily! ¡Tu turno! dijo Ginny mientras echaba su pelo hacia atrás. Pero cuando Lily empezó a correr hacia el muro de ladrillos rojo cuando su padre la detuvo.
“Ya vamos, dame un segundo” comentó Harry y Ginny asintió con la cabeza antes de desaparecer detrás de sus hijos. “Te tengo una sorpresa” continuo Harry, pero esta vez su voz se dirigía a Lily. “Mira, ya se que realmente deseabas esa varita, pero en cambio te he traído esta otra”
Y Harry metió su mano bajo su túnica y saco de ella una varita de color pardo, una varita de sauco. Pero no era esta la varita que le iba a dar a la pequeña, pues aparte de que cuando ella la vio puso una mueca, por su color añejado por los años y con la apariencia de que iba a desmoronarse en cualquier momento, esta era una varita que Harry deseaba que nadie más tuviera. En cambio continuo el movimiento en el aire, dibujo un corazón frente al rostro de su hija y de la nada apareció otra varita, pero esta era de un color blanquecina y cuya familiaridad sorprendió a Lily.
“Ya se que querías una varita del viejo Ollivander” dijo Harry, “Pero como el ya no esta, entonces te doy la mía”.
“Gracias papá” contesto Lily al tiempo que levantaba la cabeza, en sus ojos las lagrimas habían asomado de nuevo. “¡Pero yo realmente quería esa varita!”
Antes de que rompiera en llanto Harry la envolvió en un abrazo.
“Yo se lo que es perder una varita, pero la varita no hace el mago” la vista de Harry busco la de la pequeña durante una rato hasta que ella lo volvió a ver. “El mago hace a la varita, es un constante aprender mutuo”, pero Lily pareció no creerle, parecía que ella pensaba algo de lo cual no quería que nadie supiera, pero lo contó cuando Harry la incito con la mirada.
“Pero… pero papá, ¿Qué hay de la Varita Antigua?” inquirió Lily, y tomando a Harry desprevenido guardó la varita dentro de su túnica a toda prisa, creyendo que la niña la reconoció.
La niña había escuchado la historia de “Los Tres Hermanos” centenares de veces, de parte de su madre, de su tío Ron y de Hermione, quien tenía el original cual dejo boquiabierta a la niña, esa era su historia favorita. Sin embargo se convirtió en su pequeña obsesión personal el día que Ron le conto cuando Harry, Hermione y él se hicieron con las Reliquias. A ella siempre le costó creer al principio, pero luego se fue olvidando de lo extraordinario del cuento y empezó a forjarlo a su propia manera dentro de su cabeza.
“¡Bah!” rió Harry pesadamente. “¿Otra vez con esa historia?”
“¡Pero Ron dijo que tu la conseguiste! Y mira el gran mago que eres ahora” replicó ella, quien siempre vio en Harry un héroe de cuentos como los que escribió Beedle el Trotador.
“Tal vez yo tuve esa varita” dijo Harry como intentando hacerla menos real de lo que de hecho era, pues el entendía lo absorbente que ese cuento podría ser. “¡Pero la varita no me hizo el mago que soy ahora!, esa varita acabo con vidas inocentes y no lo hizo por si sola, ella solo hizo lo que sus dueños le dijeron. La varita no le da al Mago su poder, es el Mago quien le enseña a la varita”.
Lily pareció haber entendido que su padre quería convencerla de la falsedad de la historia nuevamente y esta vez sonrió al verle a los ojos de nuevo.
“¡Gracias papá!” dijo, envolvió a Harry en un nuevo abrazo y paso corriendo por la invisible e inmaterial puerta.
Del otro lado del muro el Expreso de Hogwarts ya empezaba a calentar sus motores y el vapor caía sobre el andén haciendo a todo el mundo indistinguible a simple vista si se encontraban razonablemente lejos. Para cuando llego Lily ya James y Albus estaban en el tren. Así que Ginny dirigió toda su atención a ella:
“¡Vamos Lily! Ya sale el tren, ahora todos los vagones han de estar ocupados”- señalo ella y dirigió una mirada llena de reproche a Harry. Luego tomo a Lily con por los hombros con ambas manos y la miro como si hubiese crecido once años en un solo día“¡Cuídate!” dijo y abrazo a su hija con todas las fuerzas.
Pero Lily ya no le estaba prestando atención, su mirada se cruzo con un niño del segundo o tercer año quien aun no entraba al tren. Era rubio y con una capa firmemente abotonada hasta el cuello, la cual el se desabotono un poco antes de que su madre, una mujer de pelo castaño obscuro y que encerraba su rostro presuntuoso, llegara de nuevo a abotonársela. El niño parecía tan concentrado en Lily como Lily en él. Sin embargo el lazo que forjaban sus miradas se rompió tan pronto como se formo y entonces Lily pudo ver los colores con los que vestía el niño: verde y plateado. De repente, Lily regreso a la realidad, como halada por hilos invisibles.
“¡Apúrate Lily!” le decía Ginny con urgencia. “¡No querrás llegar tarde en tu primer día de lecciones, ya no tenemos al viejo Anglia!”. Lily sonrió aunque no entendía la bromea que su madre le acababa de hacer, pero Ron y Harry se vieron con una mirada de complicidad que Hermione y Ginny repitieron entre ellas.
Se estaba secando la nariz cuando sus hermanos empezaron a andar a través del muro que separa los andenes nueve y diez, hacia el andén nueve tres cuartos cuando su mamá la llamó:
“¡Lily! ¡Tu turno! dijo Ginny mientras echaba su pelo hacia atrás. Pero cuando Lily empezó a correr hacia el muro de ladrillos rojo cuando su padre la detuvo.
“Ya vamos, dame un segundo” comentó Harry y Ginny asintió con la cabeza antes de desaparecer detrás de sus hijos. “Te tengo una sorpresa” continuo Harry, pero esta vez su voz se dirigía a Lily. “Mira, ya se que realmente deseabas esa varita, pero en cambio te he traído esta otra”
Y Harry metió su mano bajo su túnica y saco de ella una varita de color pardo, una varita de sauco. Pero no era esta la varita que le iba a dar a la pequeña, pues aparte de que cuando ella la vio puso una mueca, por su color añejado por los años y con la apariencia de que iba a desmoronarse en cualquier momento, esta era una varita que Harry deseaba que nadie más tuviera. En cambio continuo el movimiento en el aire, dibujo un corazón frente al rostro de su hija y de la nada apareció otra varita, pero esta era de un color blanquecina y cuya familiaridad sorprendió a Lily.
“Ya se que querías una varita del viejo Ollivander” dijo Harry, “Pero como el ya no esta, entonces te doy la mía”.
“Gracias papá” contesto Lily al tiempo que levantaba la cabeza, en sus ojos las lagrimas habían asomado de nuevo. “¡Pero yo realmente quería esa varita!”
Antes de que rompiera en llanto Harry la envolvió en un abrazo.
“Yo se lo que es perder una varita, pero la varita no hace el mago” la vista de Harry busco la de la pequeña durante una rato hasta que ella lo volvió a ver. “El mago hace a la varita, es un constante aprender mutuo”, pero Lily pareció no creerle, parecía que ella pensaba algo de lo cual no quería que nadie supiera, pero lo contó cuando Harry la incito con la mirada.
“Pero… pero papá, ¿Qué hay de la Varita Antigua?” inquirió Lily, y tomando a Harry desprevenido guardó la varita dentro de su túnica a toda prisa, creyendo que la niña la reconoció.
La niña había escuchado la historia de “Los Tres Hermanos” centenares de veces, de parte de su madre, de su tío Ron y de Hermione, quien tenía el original cual dejo boquiabierta a la niña, esa era su historia favorita. Sin embargo se convirtió en su pequeña obsesión personal el día que Ron le conto cuando Harry, Hermione y él se hicieron con las Reliquias. A ella siempre le costó creer al principio, pero luego se fue olvidando de lo extraordinario del cuento y empezó a forjarlo a su propia manera dentro de su cabeza.
“¡Bah!” rió Harry pesadamente. “¿Otra vez con esa historia?”
“¡Pero Ron dijo que tu la conseguiste! Y mira el gran mago que eres ahora” replicó ella, quien siempre vio en Harry un héroe de cuentos como los que escribió Beedle el Trotador.
“Tal vez yo tuve esa varita” dijo Harry como intentando hacerla menos real de lo que de hecho era, pues el entendía lo absorbente que ese cuento podría ser. “¡Pero la varita no me hizo el mago que soy ahora!, esa varita acabo con vidas inocentes y no lo hizo por si sola, ella solo hizo lo que sus dueños le dijeron. La varita no le da al Mago su poder, es el Mago quien le enseña a la varita”.
Lily pareció haber entendido que su padre quería convencerla de la falsedad de la historia nuevamente y esta vez sonrió al verle a los ojos de nuevo.
“¡Gracias papá!” dijo, envolvió a Harry en un nuevo abrazo y paso corriendo por la invisible e inmaterial puerta.
Del otro lado del muro el Expreso de Hogwarts ya empezaba a calentar sus motores y el vapor caía sobre el andén haciendo a todo el mundo indistinguible a simple vista si se encontraban razonablemente lejos. Para cuando llego Lily ya James y Albus estaban en el tren. Así que Ginny dirigió toda su atención a ella:
“¡Vamos Lily! Ya sale el tren, ahora todos los vagones han de estar ocupados”- señalo ella y dirigió una mirada llena de reproche a Harry. Luego tomo a Lily con por los hombros con ambas manos y la miro como si hubiese crecido once años en un solo día“¡Cuídate!” dijo y abrazo a su hija con todas las fuerzas.
Pero Lily ya no le estaba prestando atención, su mirada se cruzo con un niño del segundo o tercer año quien aun no entraba al tren. Era rubio y con una capa firmemente abotonada hasta el cuello, la cual el se desabotono un poco antes de que su madre, una mujer de pelo castaño obscuro y que encerraba su rostro presuntuoso, llegara de nuevo a abotonársela. El niño parecía tan concentrado en Lily como Lily en él. Sin embargo el lazo que forjaban sus miradas se rompió tan pronto como se formo y entonces Lily pudo ver los colores con los que vestía el niño: verde y plateado. De repente, Lily regreso a la realidad, como halada por hilos invisibles.
“¡Apúrate Lily!” le decía Ginny con urgencia. “¡No querrás llegar tarde en tu primer día de lecciones, ya no tenemos al viejo Anglia!”. Lily sonrió aunque no entendía la bromea que su madre le acababa de hacer, pero Ron y Harry se vieron con una mirada de complicidad que Hermione y Ginny repitieron entre ellas.
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